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Pacto por México… el paradigma del sí

Por Marco Antonio Adame *

Somos parte de una generación de mexicanos que ha vivido, en los últimos 15 años, cambios políticos significativos en un ya largo proceso de transición a la democracia, caracterizados, entre otras cosas, por la pluralidad en la representación nacional, la alternancia en la Presidencia de la República, la distribución del poder político en estados y municipios y una creciente participación ciudadana.

Que al mismo tiempo, atrapados en el paradigma del no, hemos experimentado, como actores o testigos, la incapacidad manifiesta y costosa de la llamada clase política y de una sociedad desarticulada para lograr los acuerdos y transformaciones de fondo que necesita el país, de cara a una realidad desafiante marcada por la inequidad e injusticia social, la inseguridad y la violencia creciente, la pérdida de valores y el debilitamiento de la integración familiar y comunitaria, así como la falta de condiciones para lograr un crecimiento económico sostenible que amplíe las oportunidades, especialmente a los jóvenes, para lograr el desarrollo integral que exige nuestra irrenunciable dignidad humana.

Ante todo esto, el Pacto por México, calificado por observadores nacionales e internacionales como inédito y excepcional, representa una vía de concertación política y social para lograr los acuerdos y las grandes reformas que, con sentido de urgencia, deben instalarse en la agenda nacional. El pacto es un mecanismo, sostenido por la voluntad política de las partes, para alcanzar, con el mayor acompañamiento y eficacia, la vigencia de un nuevo paradigma para México, el paradigma del sí. Es un espacio para la generosidad y la responsabilidad política de todos, en la búsqueda de coincidencias y bienes públicos que permitan, al final de la jornada, que sea posible la concordia como base del desarrollo nacional.

No ha sido fácil y no es para menos, es un acuerdo ambicioso y revelador de la realidad del país, firmado en público entre las tres principales fuerzas políticas y el presidente Enrique Peña Nieto. Con fechas de cumplimiento y 95 compromisos que incluyen las reformas estructurales; además, aborda temas que de origen han polarizado a las fuerzas políticas y han crispado el debate nacional en los últimos años.

No es de extrañar, por tanto, que el pacto haya estado asediado desde su nacimiento por los apetitos de corto plazo. Ha enfrentado al mismo tiempo, y no por las mismas razones, el escepticismo de los inmovilistas y conservadores de uno y otro lado. También la resistencia de los rupturistas más radicales, sobre todo en la izquierda, así como de los núcleos corporativos de los poderes fácticos afectados.

Los motivos para pactar y para permanecer en lo pactado también han sido controvertidos al interior de cada fuerza política firmante, sea en disputa por las banderas del pacto, por la titularidad de la interlocución o por la estrategia misma; no ha faltado la indignación por la actuación fuera de contexto, de algunos personeros en las filas partidistas o en el gobierno, que han dado pretextos para romper.

Pese a todo, el Pacto por México va adelante, así lo indica el cumplimiento de los primeros compromisos en tiempo y forma. La reforma educativa que está en curso apunta en la dirección correcta al garantizar constitucionalmente la calidad en la educación y el reconocimiento a los maestros a través de la evaluación educativa. Lo incluido en el presupuesto de este año también da cuenta de temas pactados que no requieren de reformas de ley.

La presentación del Consejo Rector, que dará seguimiento y vigilará el cumplimiento de los acuerdos, así como el anuncio de las próximas iniciativas de reforma en materia de telecomunicaciones y de responsabilidad hacendaria para el manejo de deuda en estados y municipios, son buenas señales y su concreción será la prueba de fuego a la voluntad política de los firmantes.

Así las cosas, hay razones de peso para esperar con certeza, antes de que nos alcancen las nuevas coyunturas electorales o imponderables de menor jerarquía, que hagamos realidad lo que es necesario para México. Las reformas pactadas sí, pero también la incorporación a la agenda de los valores supremos de la ética política que tanto han hecho falta para romper el ciclo decadente de la partidocracia, la degradación de la vida pública y las visiones cortas que se agotan en los estrechos límites de un sexenio gubernamental.

En esta lógica, la palabra del Presidente de México y la de los dirigentes de los partidos políticos firmantes supone, dada la importancia y alcance de lo pactado: honor, generosidad política, respeto a las partes, corresponsabilidad, tolerancia, diálogo y escucha en la pluralidad.

Estar en el pacto y cumplirlo es asumir la convicción de que México es una tarea común, que la paz, concebida como la tranquilidad en el orden, sólo se alcanzará promoviendo y respetando leyes justas que armonicen nuestra convivencia y los legítimos intereses, acreditando que quien tiene autoridad o representación se justifica actuando como gestor legítimo del bien común y garantizando un juego político limpio y abierto para todos. Sólo así será posible la concordia.

* Integrante del Consejo Rector del Pacto por Mexico. Ha sido diputado federal, senador y gobernador de Morelos.

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